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FOTO: Niños en Karañakaek
Fidel Márquez/IPS |
INDÍGENAS-VENEZUELA: Sin tierra por petróleo, ganadería y carbón
KUMANDA, Venezuela, Humberto Márquez, 17/04/2008: Durante 900 años, los
cazadores barí cruzaron libremente la vasta región del extremo
occidental de Venezuela. "Ahora se nos quiere condenar a morir
encerrados en este corral, mirando al hombre blanco hacerse rico
destrozando tierras que eran de nosotros", dice el maestro Conrado
Akambio.
Dispersos en una hectárea en la calurosa sabana a orillas del río
Aricuizá están los bohíos o casas multifamiliares de los 150 habitantes
de la comunidad de Kumanda.
Son viviendas de paredes construidas con troncos de arbustos, pisos de
tierra o con unas tablas, techos de palma; todo de un gris reseco por el
sol inclemente bajo el que corretean niños entre algunas gallinas
mientras los adultos buscan la sombra para describir su drama.
"Los abuelos lucharon para defender nuestras tierras, pero perdieron con
las petroleras, que mandaron por aquí hombres con rifles. Nuestra gente
se metió en la montaña y entonces los ganaderos entraron y se agarraron
todo esto", complementa a su vez Ignacio Akambio, otro lugareño.
Ignacio Akambio lamenta que "ya no podemos cazar, desaparecen los
animales y no tenemos donde sembrar. Entonces comemos harina-pan (de
maíz, precocida) o espaguetis y así ya no llegamos a viejitos como antes
sino que vivimos enfermos, como hasta los 60 años". Duro castigo para el
pueblo que Sabaseba, el creador, extrajo de la piña (ananás).
El antropólogo Lusbi Portillo, de la no gubernamental Sociedad Homo et
Natura, explicó a IPS que "el nudo del problema de los barí es que desde
1910 hasta 1960 perdieron sus tierras y fueron diezmados al avanzar
primero la exploración petrolera y luego la ganadería que ocupó y
deforestó sus selvas en las llanuras y los empujó hacia las
improductivas montañas".
El territorio ancestral barí, pueblo caribe hoy con menos de 3.000
miembros dispersos en una veintena de comunidades, es de unos 4.000 a
5.000 kilómetros cuadrados que, a unos 650 kilómetros al oeste y
sudoeste de Caracas, puede verse en el mapa en forma de cuña penetrando
en Colombia, donde hay unos pocos cientos de individuos de la etnia.
Algunas comunidades en la Sierra de Perijá, que marca parte de la
frontera con Colombia, han aceptado la delimitación de sus tierras que
les ha propuesto el gobierno, pero otras, como Kumanda y Karañakaek, no
sólo no aceptan que los "encierren" sino que se han ubicado en espacios
entre haciendas para forzar la controversia.
La comunidad de Kumanda se ha hecho con algunas vacas en los programas
de asistencia agraria del gobierno de Hugo Chávez, "pero lo que nosotros
reclamamos es tierra para poder criar animales, sembrar frutos y que
nuestros hijos crezcan sin tantas enfermedades", sostuvo William Santos,
otro de los habitantes.
Su propuesta es que el gobierno, si no quiere afectar a los ganaderos,
compre una franja de 40 a 60 hectáreas a orillas del río Aricuizá, con
una zona boscosa y otra de pastizales, y la entregue a la comunidad.
El gobierno ha expropiado o hecho arreglos con ganaderos por miles y
miles de hectáreas en otras zonas del país.
Karañakaek dista hora y media de camino, en vehículo rústico y a pie,
entrando a la Sierra, más cerca de la frontera con Colombia. Se repiten
los bohíos sobre una explanada reseca, unos vacunos y cerdos perezosos,
niños que corretean y algunos adultos con camisetas o gorras rojas
estampadas con consignas de apoyo al presidente Chávez.
"Somos casi 300 y tenemos más de 100 niños. Cuidamos unas dos hectáreas
de conuco (sembrado) y pastizal para unas 30 reses. Solamente matamos
alguna a fin de año, de resto comemos arroz o pasta que compramos, con
yuca o plátanos (bananas), pero quisiéramos tierra suficiente para no
pasar tanta necesidad", dice el dirigente de la comunidad Rufino
Arabaicú.
Un ejemplo de esa necesidad la da Miriam, con 40 años de edad, quien
empezó a parir a los 15 años, tuvo nueve hijos y padece cáncer en la
matriz. En su familia no hay ingresos permanentes. Para ir y venir al
hospital de Machiques, a casi cuatro horas de camino, debe gastar cuatro
dólares. Para la lejana Maracaibo, el doble, y hospedarse allí para
recibir tratamiento resulta una proeza.
Tanto en Kumanda como en Karañakaek hay niños con vientres inflados por
parásitos o con evidentes discapacidades neurológicas. "Antes las
comunidades eran grandes y se relacionaban en jornadas de canto que ya
no se practican. Al formarse parejas entre grupos que son familia, son
más frecuentes los nacimientos de niños con deficiencias neurológicas y
motrices", subraya Portillo.
Poco después de IPS llega a Karañakaek, en el tractor que presta un
ganadero de la zona, un grupo de la novel "Dirección de Asuntos
Indígenas de Pdvsa (Petróleos de Venezuela)", el gigante consorcio
estatal de la energía. "Camaradas: Venimos a traer un lote de medicinas
y de vacunas para los niños", anuncia la joven coordinadora del grupo.
Hombres y mujeres se dedican a buscar y formar en filas a los pequeños
para recibir distintas vacunas en el amplio bohío sin paredes que hace
de casa comunal. En un aparte, jóvenes activistas informan a IPS sus
planes de dejar la comunidad y formar una nueva con un grupo de
familias, más adentro de las fincas de los "lavadó" (criollos).
Explican que Karañakaek "muerde" la frontera exterior de tres fincas
creadas por una misma familia, de apellido Rincón, "pero no ha mostrado
bien el otro problema que tenemos: no nos dan las tierras porque las
tienen guardadas para después entregarlas a las compañías que van a
sacar el carbón".
Ambos flancos de la Sierra de Perijá, y más al sur hacia la zona
colombiana de Santander y la venezolana de Táchira, son una gran cuenca
carbonífera capaz de multiplicar las actuales explotaciones de Cerrejón
(Colombia), con 40 millones de toneladas anuales, y Guasare (Venezuela),
con 10 millones, según Portillo.
Unos 200 kilómetros al norte de donde los barí penan por falta de
espacio mínimo para asegurar su futuro, otras comunidades indígenas
tejen una red de resistencia contra la posible explotación del carbón y
en defensa de tierras y aguas.
Varios grupos y comunidades de la etnia wayúu, el numeroso (medio millón
de individuos) pueblo arawak que habita la colombo-venezolana península
de la Guajira, sostienen desde hace varios años campañas de resistencia,
con movilizaciones que han llegado hasta Caracas, contra la minería del
carbón en la zona.
"Si avanza la explotación del carbón quedaremos sin tierras para el
cultivo o criar cabras, para vivir según nuestra cultura, y dejaremos de
ser pobres en el campo para vivir en la miseria en las ciudades", dijo a
IPS Jorge Montiel, activista de la agrupación indígena Maikivalasalii,
en castellano "No se vende".
A
unos metros de Montiel, en el solar de Dimas González, en la comunidad
rural de Jasai (arena), jóvenes y adultos de uno y otro sexo apuran
hilados multicolores que presentarán ese día de fin del curso sobre el
tejido ancestral wayúu.
Las mujeres visten la colorida "manta", una especie de túnica que puede
recogerse a voluntad en la cintura. Entre los muchachos abundan las
franelas rojas distintivas del chavismo.
"Tengo interés en aprender todo lo que sabían nuestros tíos y abuelos.
Algunos ya no practicamos casi el wayunaiki" (idioma wayúu), dice el
veinteañero Benito González.
"Se busca afianzar la identidad y rescatar valores y costumbres, pero
también generar ingresos para las familias rurales justamente aquí donde
se defiende la tierra ante la minería", indicó a IPS Emilia Arévalo, de
la asociación de arte wayúu Jalianaya (Acuérdate de ellos), que ha
guiado el curso.
Bajo la enramada en el patio de González, hay agitación mientras se
organiza un acto, se entregan certificados de asistencia al curso, se
muestran cintas, mantos y bolsos tejidos durante el aprendizaje, se
cuentan vivencias de esos 18 días de clase y, al final, se almuerza con
algo de carne de cabra, arroz, yuca y una bebida a base de maíz.
Jasai es de las comunidades en las estribaciones del norte de la Sierra
de Perijá donde se han abierto dos minas de carbón, explotadas por un
consorcio de la empresa estatal Carbozulia en sociedad con firmas
trasnacionales, en las cuencas de los ríos Cachirí, Maché y Socuy, de
donde se alimentan las represas que surten de agua potable a Maracaibo.
"Si se abren más minas como estas será el fin de las comunidades wayúu,
pero también de la sierra, porque la tala y la contaminación acabarán
con los árboles, los ríos, la biodiversidad y finalmente con el agua. Lo
que fue una selva de montaña pasará a ser un desierto", dijo a IPS
Elpidio González, ambientalista de la organización no gubernamental Homo
et Natura.
"Nosotros estamos en la puerta de la resistencia. Vamos a ser los
últimos en salir de aquí y por eso queremos una demarcación de los
territorios indígenas para cuidar la tierra y el agua de todos. Nosotros
somos los garantes", insiste Montiel. "Nuestra consigna es: territorio,
autonomía, dignidad y no al carbón".
La demarcación de los territorios indígenas, prevista en la Constitución
de 1999, "ha sido interpretada por el Estado como entrega de minúsculos
espacios donde tienen sus casas o conucos (pequeños sembrados), pero las
tierras que son su fuente de alimento, y de vida conforme a sus
costumbres, permanecen secuestradas", aseveró Portillo.
"Debe haber diseños de desarrollo específicos para los 32 pueblos
indígenas de Venezuela, que son diferentes. Si no, pueblos enteros
desaparecerán, aculturados, y algunos quizá antes de que termine el
gobierno de Chávez (en 2013)", agregó.
(FIN/2008) |