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Los impuestos y la
privatización
*Saúl
E Beltrán Leyva
Durante el largo proceso de la
acumulación originaria del capital, operado en el seno de la vieja
sociedad feudal, la deuda pública representó quizá uno de los más
jugosos y sencillos mecanismos para amasar enormes fortunas, que fueron
capitalizadas, es decir, transformadas en capital, con la sangre de muchas
generaciones de proletarios, sobre todo de mujeres y niños ingleses,
irlandeses, escoceses, africanos y de todos los confines del viejo mundo.
Derivó, esta deuda pública, de los cuantiosos préstamos que los estados
europeos empezaron a contratar con la naciente burguesía financiera, a
fin de solventar necesidades extraordinarias de sus países; préstamos
cuyas ganancias a punto estuvieron de ahogar bajo una “lluvia de oro”,
a los grandes especuladores de la época, sobre todo en países como
Holanda, Inglaterra e Italia, quienes se volvieron inmensamente ricos
prestándole a los gobiernos propios y extranjeros, en las condiciones más
ventajosas que imaginarse pueda.
Pero la deuda pública engendra,
inevitablemente y de manera natural, una política hacendaria, es decir,
la recaudación obligatoria entre todas las capas de la población, de
impuestos al consumo de los artículos de primera necesidad, para poder
sufragar la creciente deuda pública. Esto sucedió, insisto, en los
albores del capitalismo inglés, considerado como el modelo clásico de
dicho régimen de producción, pero con el paso del tiempo la deuda pública
no se acrecentaba solamente cuando había que solventar necesidades
extraordinarias, sino también para costear buena parte del gasto
corriente de los gobiernos, y hasta los réditos de los montos de deuda
contratados con anterioridad. A partir de ese momento, el cobro de
impuestos a la población, que ya existía de manera incipiente desde
siglos atrás, se generaliza
y se transforma en un fenómeno mundial, hasta llegar a convertirse en un
recurso irrenunciable de buena parte de los gobiernos del mundo, y, al
mismo tiempo, en un negocio fabuloso para los grandes banqueros y los dueños
de la Bolsa.
El capitalismo mexicano no podía ser
la excepción, y desde el gobierno del Gral. Guadalupe Victoria tuvo que
endeudarse irremediablemente, debido sobre todo al estado tan lamentable
de la hacienda pública, a consecuencia de las frecuentes y prolongadas
guerras, que sucedieron a la Guerra de Independencia. No obstante ello, el
capitalismo en México nació en circunstancias tales, que pudo conservar
durante décadas el control y la propiedad plena sobre sus recursos
naturales, industrias y negocios, cuyas utilidades le permitieron
solventar buena parte de la modernización del país y el gasto público
en general, sin tener que hincarle el diente al pueblo de manera tan
inmisericorde como sucede hoy en día.
No es sino a partir del sexenio del
Lic. Miguel de la Madrid, y con renovados bríos durante los gobiernos
panistas, que se desató una fiebre privatizadora, que en una cuantas décadas ha rematado los bienes y negocios del
estado, para ponerlos en manos de empresarios privados, quienes ahora
nadan en la abundancia, como Rico McPato en su piscina de dinero. En la
medida en que el Estado mexicano ha decidido prescindir de esas fuentes de
ingresos (TELMEX, p. ej.), la variedad y el monto de los impuestos han
crecido tanto, que hoy existe toda una miscelánea fiscal, en la que poco
falta para que nuestros legisladores incluyan algún impuesto por el oxígeno
consumido y “acuerden” la colocación de un medidor en la frente de
cada mexicano.
Pues bien, y con esto llego al meollo
del asunto que me interesa compartir con el atento lector: si aún
teniendo en su poder la industria energética y el petróleo, que aportan
casi el 50 % de los ingresos del país, el gobierno del Lic. Felipe Calderón
Hinojosa ya no encuentra nuevos derechos qué gravar, ¿qué va a suceder
el día (que ojala nunca se llegue) en que la industria energética y el
petróleo no sean ya propiedad de la Nación, sino fuentes de
enriquecimiento privado? ¿De dónde van a salir esos recursos frescos de
que antes nos proveían, y que solventaban casi la mitad de todo el gasto
público? No hay que aporrearse mucho la cabeza para llegar a la siguiente
conclusión: saldrán de nuevos y más elevados impuestos.
De lo anterior se desprende la
necesidad de que los entusiastas promotores de la privatización del petróleo
y la energía eléctrica, nos expliquen primero, a todos los mexicanos, ¿cómo
van a cubrir y mediante qué nuevas contribuciones, los recursos que
actualmente aportan estas empresas estratégicas, que afortunadamente aún
son propiedad de la Nación?
*Delegado
en el Estado de México
de
la Agrupación Política Nacional
Humanista
Demócrata “José Ma Luis Mora”
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