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90
Aniversario Luctuoso
del
Excelentísimo Señor Presidente de México
Don Porfirio Díaz Mori
(2 de Julio de 1915 - 2 de Julio de 2005)
Caballero
de la Orden de S.M. Carlos III
y de la Legión de Honor
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El
26 de mayo de 1911, en la ciudad de México, Francisco León de la
Barra protestaba, en su carácter de secretario de Relaciones
Exteriores, para ocupar de manera interina la presidencia de la República
Mexicana. Sustituía así en el cargo al general Porfirio Díaz
quien se dirigía a Veracruz, para embarcarse a Europa. |
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Durante la noche del 25 de mayo, acudieron a
la calle de Cadena #8 (hoy Venustiano Carranza, Centro) varios
automóviles para llevar al general Díaz y su familia a la
estación de San Lázaro. Al pasar por la Plaza de Armas (mejor
conocida como el zócalo), Díaz vio por última vez lo que durante
más de 30 años fue como su segunda casa: la silueta del Palacio
Nacional.
El Ypiranga, buque que lo llevó a Europa,
acababa de llegar al puerto, procedente de Coatzacoalcos. Sus
palabras de despedida, pronunciadas con voz quebrada, fueron
grabadas en cilindros de cera: "Guardo este recuerdo en lo más
íntimo de mi corazón y no se apartará de él mientras yo
viva". |
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Las bandas del puerto tocaron el himno nacional;
hubo pañuelos, lágrimas y flores; sonaron 21 cañonazos en la cima del
baluarte de Santiago. Después, en la madrugada del 1º de junio el
Ypiranga se deslizó en silencio para llevar a Francia, lugar donde fijaría
su residencia, al general Porfirio Díaz y su familia.
Mientras vivió en Europa recibió muchas
condecoraciones, que sumadas a las que se le otorgaron cuando era
presidente de México, llegaron a 26. Entre éstas destacaban: la Gran
Cruz de Isabel la Católica, concedida por el rey de España; el Gran
Collar del águila Roja, entregada por el káiser de Alemania; la Gran
Cruz de San Estanilslao Nevski, conferida por el zar de Rusia; el Gran
Collar de la Orden del Sol y del León, obsequiado por el shah de Persia;
la Gran Cruz de la Orden del Crisantemo, dispensada por el soberano del
Japón y el Gran Collar del Dragón Rojo, ofrecida por el emperador de
China.
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A
pesar de que la vejez fue benévola con Díaz, los años no pasaron
en vano para él. La última de sus batallas estaba por perderla.
A
media mañana del viernes 2 de julio de 1915 en su casa del
numero 23 de la avenida del Bosque de Boulogne en compañia de
su esposa y fiel compañera Doña Mariana Fabiana Sebastiana Carmen
Romero Rubio y Castelló, la palabra se le fue acabando y
el pensamiento haciéndosele más y más incoherente. Poco a poco,
se fue quedando inmóvil. Todavía pudo, a señas, dar a entender
que se le entumía el cuerpo y que le dolía la cabeza. |
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A las seis de la tarde perdió el conocimiento,
minutos después, sin abrir los ojos, falleció.
Tres días después de su muerte, inyectaron
el cadáver con sales de alúmina para su conservación. Las
exequias tuvieron lugar el 6 de julio por la mañana en el templo de
Saint-Honoré d'Eylau. El ataúd, cubierto con la bandera de México,
mostraba sobre su vértice la espada del General Porfirio Díaz.
Muchos mexicanos que compartieron el exilio
con él, le prodigaron el adiós definitivo los León de la
Barra,los Béistegui,los Mier,los Yturbe, Landa y Escandón,los García-Pimentel,los Romero
Rubio y Castelló y los representantes del gobierno frances.
Bajo su gobierno México consiguió
un importante progreso económico. Aumentaron las inversiones de
capital extranjero, lo que favoreció la construcción y expansión
de la red de ferrocarriles, se elevó el desarrollo de la minería
de plata, se instaló la primera línea telefónica, inauguró la
comunicación vía telégrafos, se exhibió el fonógrafo, entre
otras cosas. Por tal motivo consideramos que Díaz es un pilar
importante en el desarrollo de México por todos estos avances.
A lo largo de su exilio, el general
Porfirio Díaz aprendió a vivir con dos sentimientos encontrados:
uno de culpa por la situación que vivía su país y otro de
desconsuelo por lo que consideraba la ingratitud de sus
conciudadanos. Díaz estuvo siempre convencido de que, por encima de
los males, había gobernado para el bien del país. Con el exilio
acabó por perder lo que más quiso: el poder y la gloria. Ese
sentimiento de desconsuelo lo llevó por el resto de su vida. Así
se lo hizo saber al escritor Federico Gamboa: "Me siento herido.
Una parte del país se alzó en armas para derribarme, y la otra se
cruzó de brazos para verme caer. Las dos me eran deudoras de una
porción de cosas".
Actualmente sus sepulcro se encuentran
en el cementerio de Montparnasse en Paris Francia, su capilla tiene
grabada en bronce, sobre su vértice el aguila mexicana de frente
con las alas desplegadas al aire.
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