[27.01.2004]: Cronica de diciembre 2003

Ciudad de México, por © Juan Carlos Solis/ Enkidu


Hace rato que volví a casa y a mi antro de rutina, pero no me había dado tiempo para responder con calma los mensajes que había en mi dirección electrónica. En estos días el clima está muy frío, como en la mayoría de país, sólo nos queda cuidarnos para no enfermar. Te cuento. 

 

Después de la Reunión Nacional, Iván y yo, nos quedamos en la ciudad de México unos días más. Dedicamos el lunes a las librerías y tiendas de discos. El martes y el miércoles a los museos: Bellas Artes, el Museo de sitio del Templo Mayor, la escalofriante exposición de instrumentos de tortura y pena capital en el Seminario de Minería, el Franz Mayer, el Castillo de Chapultepec y el Museo Nacional de Antropología. Pasamos la noche de año nuevo en la ciudad de México junto con amigos. El día primero del año, en un viaje rápido a Tenancingo, en el estado de México, visitamos a otro amigo. Y el mismo día emprendimos el regreso a Durango. Como ves, anduvimos de pata de perro, como decimos. La experiencia del viaje fue buena y provechosa, además de la Reunión Nacional, por sumergirse en la experiencia de quedar absortos en la contemplación de algo como el silencio de una montaña o un amanecer, abandonarse a la vivencia de la naturaleza, del arte, a una conversación amistosa, al reencuentro con amigos. 

 

Además, me gusta viajar. Viajar es sinónimo de liberación de nuestras rutinas, manías y objetos del paisaje más familiar de nuestra existencia al que asociamos la neurosis de cada día. De ahí que viajar es introducir una bocanada de aire fresco en nuestras vidas, para renovarnos; es, pues, algo más que escapar, recargar las baterías físicas y psicológicas a fin de redoblar nuestra dedicación al trabajo cuando regresemos. Viajar es dejarse llevar por el atractivo de lo nuevo, renunciar un poco a la seguridad cotidiana y asumir riesgos, dar luz verde a la fantasía, embarcarse en la aventura. Implica cambiar de actitud: se agudiza la curiosidad, se abren las ventanas de los sentidos y nos volvemos mucho más receptivos a lo nuevo, sobre todo, la posibilidad de cambiar de conducta, descubrir nuevas gentes, explorar nuevas tierras, el descubrimiento y la exploración de nuevas parcelas de uno mismo. Quizá por eso los maestros espirituales comparan el proceso espiritual con un viaje; quizá por eso Jesús, el Cristo, se definió a sí mismo como: ego sum via, yo soy el camino. Quizá, además de homo sapiens, los seres humanos también somos homo viator, viajeros.

 

Volví a mi rutina el día dos de enero. Me esperaba mi cuarto que, a la fecha, es más librería que recámara. Además de la cama, el mueble con la computadora y un librero, tuve que acomodar tres libreros más que mamá desalojó de la sala y los tuve que meter a mi cuarto. No tengo mucho espacio, sigo adquiriendo libros y, con el tiempo, los libros me echarán  a la calle.

 

No encontré más novedad. Reanudamos clases el miércoles y en el colegio programaron mis actividades para los viernes en la mañana. Encontré tu mensaje en el que mandabas tus datos. Sin embargo, durante el viaje no tuve oportunidad de revisar mi correo.  Pero seguimos en contacto. Te mando un fuerte abrazo y cordial saludo  con el afecto de siempre 

Juan Carlos.