La
percepción del cuerpo masculino
Mauricio List Reyes *
Nachas, nylons, pompis, pompas, posaderas,
asentaderas, trasero, cachetes, la peor cara, donde la espalda pierde su
honorable nombre, fundillo, culo, cola, son sólo algunos de los términos
y eufemismos con los que suele designarse a las nalgas. Nalgas, palabra
difícil de pronunciar en público.
¿Por qué cuesta tanto trabajo nombrarlas, si
indudablemente les ponemos atención?
El papel que juegan las nalgas en las sociedades
contemporáneas tiene mucho de visual. Pero no sólo se ven, también se
tocan y su contacto es intencionado, o al menos siempre se le percibe de
esa manera, incluso cuando es accidental. ¿Cómo se tocan? En primer
lugar están los toques festivos.
Las nalgadas juguetonas entre adolescentes, quienes
se encuentran en la
etapa de definición de su
identidad genérica y a la vez ansiosos respecto a su propio cuerpo. En
los varones adultos puede ser una manera de decir “hola”, y en los
deportes de equipo una forma de celebrar una buena jugada.
El castigo es otra modalidad, ya sea de padres a
hijos con la palma de la mano extendida, o en una situación de
subordinación en la que los golpes en las nalgas se utilizan para no
dejar secuelas en los sujetos. En los encuentros sadomasoquistas la
nalgada puede tener un sentido erótico que estimula tanto a quien la
propina como a quien la recibe.
Los procesos de construcción de la masculinidad
atraviesan las formas culturales de organización jerárquica de la
sociedad. Es decir, para llegar a ser hombre se transita por un más o
menos prolongado proceso, y por ello los varones más jóvenes también se
encuentran en una posición de subordinación, hasta que logren superar
los procesos de construcción de la masculinidad, lo cual nos habla de una
más de las formas de ejercicio del poder.
La masculinidad elemento intersubjetivo no es una
identidad que pueda ser incorporada fácilmente, pues pasa por el ámbito
de la interacción social y por tanto del reconocimiento que el entorno
mismo hace del sujeto. En este sentido, cuando las actitudes y
comportamientos de un sujeto no son considerados masculinos, se vuelve difícil
para éste incorporarse e interactuar socialmente.
En cuestión de glúteos se rompen géneros
Al hablar del cuerpo y la masculinidad salen a
relucir una serie de aspectos relativos a la manera en que los sujetos
viven, perciben y entienden sus propios cuerpos. Las sociedades contemporáneas
han llevado cada vez más a generar modelos corporales fabricados,
construidos a base de muchos productos, desde ropa diseñada
cuidadosamente para resaltar redondeces donde no las hay, hasta la cirugía
plástica, utilizada para corregir determinados rasgos que se consideran
indeseables, sin olvidar las horas de gimnasio, los anabólicos, las prótesis
y los silicones que permiten moldear los cuerpos.
Más allá de todos estos procedimientos para
transformar los cuerpos, es un hecho que los sujetos se encuentran cada día
más preocupados por lograr un control y un manejo de su apariencia. ¿Cuál
es el objetivo? Lucir bien ante una sociedad cada vez más exigente,
lograr la aceptación y ser atractivo sexualmente ante los demás. ¿Qué
es lo que quiere lucir el hombre? Sin duda eso cambia de uno a otro. Para
unos es el rostro lo que deben mejorar, para otros su atuendo, su
musculatura, su pene y por supuesto... sus nalgas.
Las nalgas son una parte importante del cuerpo y en
la masculinidad marcan su papel dentro de la construcción de identidades
sexuales. Ya sea de manera consciente o inconsciente, los varones se
preocupan por la apariencia de sus nalgas.
Dentro de los imaginarios genéricos, las nalgas
corresponden a una parte de la anatomía asociada a la recepción pasiva
de contactos, así como una vía de acceso en la penetración, ergo,
dentro de la sexualidad es considerado femenino recibir y disfrutar el
placer ahí generado. Para Robert Connell, “ni la relajación de esfínteres
ni la estimulación prostática exigen una relación con un hombre. Una
mujer puede hacer el trabajo sin problema alguno. El sexo anal es una
pieza clave de la homosexualidad masculina occidental, aunque la
investigación derivada de estudios relacionados con el sida muestra que
se realiza mucho menos de lo que la importancia simbólica que se le ha
asignado sugiere.”
El uso de los orificios
“No uso pantalones entallados porque parecería
puto”, fue la frase que un hombre que suele tener sexo con hombres me
dijo en Tlaxcala. Así expresaba su temor a que se identificara su interés
por llamar la atención de otros varones para lograr un encuentro sexual.
Por extensión, suele considerarse que un encuentro sexual entre varones
necesariamente implica la penetración. No hay duda de que existe una
referencia directa a la sexodiversidad cuando se habla de sexo anal, aun
cuando sea una práctica que se dé también entre parejas heterosexuales.
Uno de los aspectos inquietantes en torno a la
sexualidad gay y el uso de los cuerpos es el llamado en la jerga local
“beso negro”. Esta práctica no es tan común como se cree, ya que
supone la estimulación anal por medio de los labios o la lengua. Los
testimonios de jóvenes entrevistados por nosotros indican que si bien
disfrutan recibir este tipo de estimulación, llevarla a cabo ellos mismos
no es algo que les entusiasme. Ello tiene que ver con los discursos
repetidos desde la infancia que indican que todo lo relacionado con el ano
es algo sucio. Así, mientras las nalgas son una parte atractiva de la
anatomía, el ano y su contenido están vedados a todo acercamiento
sensorial.
Por otra parte, la penetración anal con los dedos,
la mano u otro tipo de objetos es una práctica recurrente en el medio
gay, aun cuando a partir de las incertidumbres que se desarrollaron con la
aparición del VIH/sida empezó el cuestionamiento a las formas en que
esto debía realizarse. Muchas campañas que promueven “la erotización
del sexo seguro” propusieron la utilización de guantes y dedales de látex,
el uso de condones y hasta la incorporación del plastipack en este tipo
de encuentros y prácticas sexuales, no obstante, ni siquiera el condón
ha logrado mantener su presencia en la mayoría de las prácticas de
riesgo.
Muchos de los textos literarios o científicos sobre
sexualidad hacen referencias al sexo anal como la práctica primordial de
los varones gay. Así se ha difundido la idea de que todo encuentro entre
varones necesariamente tendría ese sentido. Todo este imaginario parte de
un hecho evidente: la sexualidad falocéntrica y el coito como única
forma de acceder al placer. Esto nos remite nuevamente a los discursos de
la masculinidad y a la manera en que desde ésta se ha definido el placer
sexual, es decir, el placer del varón se concentra en sus genitales y la
penetración, que en el caso del sexo gay sería anal, establecería el
ordenamiento no sólo de la sexualidad, sino del ejercicio del poder a
partir de una definición de roles en la pareja y con ello tod! os los
elementos que dentro de las subculturas homosexuales se conocen como el
activo y el pasivo, es decir, el penetrador y el penetrado.
Trascender los roles, liberar los cuerpos
La configuración genérica de los sujetos supuso
durante mucho tiempo un tipo de comportamiento y una relación particular
con sus propios cuerpos, que en general era de índole restrictiva. Con
ello se establecieron valoraciones distintas en relación con cada una de
las partes del cuerpo, a partir de consideraciones que aún suponen que un
hombre heterosexual no debería permitir que nadie toque sus nalgas y
mucho menos las disfrute.
El papel que han jugado estos aspectos en la
construcción de la masculinidad ha planteado la necesidad de establecer
una distinción que haga evidente la heterosexualidad, ya que durante
mucho tiempo se consideraron determinados estereotipos como específicos
de cada una de las preferencias sexuales; sin embargo, dentro de los
sectores gay se fueron creando modelos que retomaron aspectos considerados
previamente como exclusivos de la heterosexualidad: el vaquero, el rudo,
el musculoso, cada uno con una estética determinada.
Es claro que la percepción y uso del cuerpo varía
en función de la preferencia sexual, lo cual tiene que ver en gran medida
con los imaginarios de la heterosexualidad que suponen un mayor control y
restricción en relación con el disfrute del placer sexual.
Las restricciones establecidas por los imaginarios
de la heterosexualidad son las que limitan las posibilidades de disfrute
del cuerpo. Por tanto, en la medida en que los sujetos se sientan menos
amenazados por el fantasma de la homosexualidad, otorgarán menos
importancia a esos límites culturales y podrán permitirse explorar las
posibilidades de disfrute del placer a través de todo el cuerpo y todos
sus sentidos.
*Profesor-investigador,
Colegio de Antropología Social, Facultad de Filosofía y Letras, Benemérita
Universidad Autónoma de Puebla.


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